Un grito gutural se escupió desde su pecho. El miedo y recelo de lo que ocurría, invadían su cuerpo. No sentía el ardor o adormecimiento eterno. Su mente se fijaba en la rabia con que sus manos trataban de vengarse. Su sangre manaba como rio acaudalado. Cada gota, perturbaba el fino equilibro de la serenidad de la noche. Cada lágrima, plasmaba el fin de su sentido. De su boca, se escuchaba:
“Podrás matar mis intentos, podrás enterrar mis anhelos… pero jamás mis sentimientos”.
No era un conjuro, mucho menos una maldición. Era su promesa, de no dejarse olvidar.
“Las estrellas, esta noche son mis testigos. Jamás te olvido, jamás te dejaré…. Te llevaré conmigo aunque tú no estés”.
Poco a poco su mirada se perdía, su cuerpo caía rendido, drenado de vida. Poco a poco la quietud de la noche, ese fino equilibro que absorbía su vida, regresaba a su normalidad. Los grillos cantaban, el viento llevaba su último suspiro revoloteando por cada jardín, en cada gruta. Perdiéndose en la infinidad divina. Poco a poco llego la calma a sus sentidos, a su cuerpo, y se sumió en un sueño eterno.
“Podrás matar mis intentos, podrás enterrar mis anhelos… pero jamás mis sentimientos”.
No era un conjuro, mucho menos una maldición. Era su promesa, de no dejarse olvidar.
“Las estrellas, esta noche son mis testigos. Jamás te olvido, jamás te dejaré…. Te llevaré conmigo aunque tú no estés”.
Poco a poco su mirada se perdía, su cuerpo caía rendido, drenado de vida. Poco a poco la quietud de la noche, ese fino equilibro que absorbía su vida, regresaba a su normalidad. Los grillos cantaban, el viento llevaba su último suspiro revoloteando por cada jardín, en cada gruta. Perdiéndose en la infinidad divina. Poco a poco llego la calma a sus sentidos, a su cuerpo, y se sumió en un sueño eterno.
