lunes, 18 de abril de 2011

Un poco al norte de esa bella damisela

Hace mucho tiempo conocí un pequeño. No recuerdo bien su nombre, no recuerdo bien su rostro. Era un pequeño muy atrevido, algo molesto, muy soñador. Siempre decía “yo llegare a las estrellas, conoceré el universo completo, viajare de planeta en planta”. Todos se burlaban, hasta yo me reía.  Hace mucho tiempo vivió aquel niño. No recuerdo su rostro, pero recuerdo su sonrisa y su inmensa seguridad. “Cómo viajaras de planeta en planeta?” era siempre mi pregunta. En ese tiempo era más tonta y hoy después de 10 años creo entenderlo. Aquel pequeño era un niño perdido, se extravió en una línea de tiempo, en donde los sueños son tan insulsos como la cura a un tumor maligno. Han pasado los años, y aun recuerdo su promesa de hacer brillar una estrella para decirme “aquí estoy mi niña, no te preocupes yo estoy conociendo todo el universo, pronto nos veremos otra vez”. Soñador era aquel pequeño, todas las mañanas llegaba diciendo: “anoche volé, sí, volé entre las nubes con las gaviotas del mar. Volé a la montaña más alta y vi el amanecer desde aquel deslumbrante lugar”. Cuanto podía mentir un niño perdido? Cuanto podía volar su imaginación? Han pasado los años, ya he dicho. Y hoy frente a su recuerdo creo entender que volar de constelación en constelación no es tan lejano a estar en los últimos minutos de sentir el fresco aire recorrer mi interior. En donde cada segundo es contado, aquí, en la unidad de oncología, donde conocía a aquel pequeño del que hoy no recuerdo su rostro, pero si su inmensa imaginación. Debo decir que a pesar de ser molesto cumplió al hacer brillar la estrella, aquella un poco al norte de la damisela, modelo de los sueños poéticos. Hoy la observo brillar más que nunca, me dice “mi niña, hoy nos volveremos a ver, te enseñare cada lugar que he conocido, cada rincón del universo. No te preocupes, toma mi mano y sueña conmigo”.

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